La otra cara de Barbie |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.
Ste me manda por mail un nuevo estatuto.... REENTAMAU D'EL ESTATUTU D'AUTONOMÍA DE LA REPÚBLICA D'ASTURIES Mientras salen las cinco del viernes y no, y ya que Amp me ha pasado el formulario hace unos días, lo contesto hoy. Contesto solo a las preguntas que no contesté nunca en el blog. Ahí van... Cuatro películas que puedo ver una y otra vez: Cualquiera que me haya gustado, soy de esos bichos raros que se ve las películas una y otra vez y siempre le sorprenden. Cada vez que veo Bocados de Realidad, sigo deseando que Troy no se vaya de la cama después de acostarse con Lelaina; Troy siempre se va y siempre me llevo el mismo disgusto. Aunque sepa que vuelve. Me he visto todas las películas en espalol que están saliendo ahora en forma de colección con el periódico el país, y aún así, me las veo todas después de comprarlas. Quiero volver a ver Princesas, el diario de Noah (un poco más adelante, porque todavía tengo muy reciente el atragantón de leerme el libro), el rey Arturo... Cuatro lugares en los que he vivido: pasapalabra. No he salido de mi casa y las veces que he ido de vacaciones no ha sido durante periodos de tiempo tan largos como para considerar que "he vivido allí". Eso si, he pasado bastante tiempo en Valencia de Don Juan (León), de pequeña nos íbamos allí todo el mes de agosto a una casa que alquilábamos, y después de mayor, mis padres me llevaban alli de campign. Cuatro programas de la tele que me gusta mirar: me confieso adicta a la telebasura, aunque actualmente apenas vea la tele (quitando películas y alguna serie que grabo para ver luego sin anuncios). Me gusta el tomate por lo quedones que son; me gusta el Salsa rosa si sale algún personajillo que a mí me interese, me gusta caiga quien caiga, me gusta homo zapping, me encanta noche sin tregua, nuevos cómicos... Cuatro lugares a los que he ido de vacaciones: Llanes (ayyy...), Bilbao, Mallorca y Valencia de Don juan. Cuatro sitios web que visito a diário: La mayoría de mis enlaces, mi cuenta de gmail, google para ver si encuentro algún curso interesante, infojobs, la página de la escuela de escritores... Ahora que el ordenador de casa está muy, muy jodido, visito solamente las que puedo visitar desde el trabajo. Cuatro trabajos que me gustaría tener: columnista en un periódico- escritora, secretaria, gancho para bromas de la tele o de radio, o este mismo que tengo ahora :-D Cuatro famosos que he conocido: vuelvo a pasar palabra. Hace años fui con Medea a ver la obra de teatro de Caos, la que interpretaban los actores de Al salir de clase, así que si vale "conocerlos" así... Cuatro platos que detesto: los espárragos, el marisco, las setas, y la carne guisada. Cuatro electrodomésticos que tengo fuera de lo común: define "fuera de lo común" Cuatro posibles impresiones que doy: huraña, borde, gilipollas, frágil. Parece que lo de frágil desentona, pero sé que también doy esa impresión. Cuatro copas preferidas: red bull con vodka (aunque intento no pedirla porque me da taquicardia), vodka con lima, bailles con vainilla (en tiempos de cachis) y martini. Como siempre lo dejo abierto. He vuelto a llorar en el cine viendo una de esas pelis de aventuras, Tristan e Isolda . En una de las primeras escenas el pequeño Tristan ya me recuerda demasiado al pequeño Lancelot.... Irlanda, Inglaterra, montones de tribus, des-unificación, guerra, honor, ideales... El pequeño Tristan ve como matan a sus padres y como Lord Marke pierde una mano por salvarle a él. Lord Marke está cojonudo y el pequeño Tristán, cuando crece, más de lo mismo. Creo que lo que me gusta de estas películas es el concepto de honor, el concepto de no-traición. Me hace llorar la confianza que tienen los unos en los otros, ese sentimiento de darlo todo por una idea, de creer que unidos podrán con todo. La nobleza de los personajes... Mark sueña con unificar las tribus inglesas porque sabe que sólo unidos conseguiran gobernarse a sí mismos y vencer a Irlanda en sus batallas. En una de ellas, hieren a Tristan y lo dan por muerto; le preparan un funeral digno de un rey echándole al mar. Resulta que no está muerto, llega a Irlanda y allí se hace cargo de él Isolda, la hija del rey. Se hace pasar por una criada, le cura las heridas, le esconde y se enamoran. Un día Tristán tiene que volver a Inglaterra, se despiden. El re-encuentro de Mark y Tristan ya amenazó con hacerme llorar pero no fue que me decidí hasta un poco más tarde. El rey de Inglaterra ofrece la mano de su hija al mejor guerrero de Inglaterra (sigue queriendo que las tribus compitan entre ellas, porque él también sabe que si se unen, tendrán más fuerza). Tristan gana la mano de la chica en nombre de Mark sin saber que la hija del rey es Isolda. Isolda se casa con Mark. Mark lo único que desea es hacerla feliz. Isolda está enamorada de Tristan. Tristán está enamorado de Isolda y se siente fatal por traicionar a Mark. Se acuestan a escondidas. Se dan la mano a escondidas. Mark le confiesa a Tristán que cree que Isolda tiene un amante y eso le está destrozando. Tristán le jura que Isolda le es fiel. Rompe con ella y quema el lugar en que solían verse. Pasa el tiempo. Isolda le dice un día que si no está con ella, ella se morirá. Vuelven a quedar y Mark les descubre. Les manda encerrar pero enseguida los libera y les da una barca para que huyan porque comprende que de nada sirve luchar contra el amor. Tristan empuja a Isolda a huir en la barca y él se queda a luchar contra los Irlandeses. Le hieren de muerte e Isolda aparece a tiempo de ver cómo se muere. Mark se va en cuanto Isolda aparece para volver a luchar contra los suyos. Antes de los títulos de crédito, aparecen unas letras que dicen que Isolda enterró a Tristán, que plantó encima dos árboles que crecieron entrelazados y que luego desapareció y nunca más se supo. Aunque resulte absurdo, lo que me hizo llorar fue el sentimiento de honor y lealtad que Tristán demuestra a Mark. Y que nadie me venga con que eso no le impide follarse a Isolda.... 1.Tres frases que nunca pensaste que dirías.... * No voy a quedar contigo ni hoy ni nunca. No quiero volver a besarte. Se lo dije a un chico que fue importantísimo para mí, no creí que saldrían de mi boca esas palabras dirigidas a él jamás en la vida. * Vengo a decirte que dejo el trabajo. Que llevo ya seis meses de baja y esto no tiene pinta de mejorar, así que... lo dejo. Lo que me costó atreverme a dejar el Carrefour, sólo lo sé yo. Lo triste es que si no llega a ser por lo de Fani, no sé si habría tenido valor para hacerlo :-( * Estoy muy a gusto aquí, me gusta el trabajo. Después de años de trabajos asquerosos que odiaba y me hacían sentir bastante insatisfecha, encontrar este de teleoperadora fue como un regalo. * Pantalones piratas, porque con mi metro sesenta no creí que fuesen a sentarme bien * Faldas que son más anchas que largas, si en el instituto me hubiesen dicho que con los años iban a gustarme las faldas, no me lo hubiese creído, pero si añaden que iban a medir más de ancho que de largo, a dios hubiese puesto por testigo de que yo nunca usaría "eso". * Camisas, así en general. De pequeña las odiaba porque me parecían cursis y aburridas, pero ahora veo que combinan con cualquier cosa, que son cómodas y que desabrochando los botones oportunos pueden ser la mar de sexys. Joer, no tengo ni idea de por qué propuse esta pregunta porque ahora no se me ocurre nada interesante que contestar. A ver... Nunca pensé que iría a casa de la familia de mi novio al año de conocernos, y precisamente al año de conocernos nos fuimos cuatro días a Bilbao de vacaciones a casa de sus tíos. A los tres meses, nos fuimos otros cuatro días a Santander a casa de sus otros tios. * Tener un blog. Hasta que empezó esto de la otra cara de Barbie, ni mis amigos ni mi familia habían leido nada de lo que escribía, vamos, solo de pensarlo me daba una vergüenza que me moría. * Llevarme más o menos bien con mi hermana, lo de mis padres imaginaba que antes o después se me pasaría y tendríamos una relación cordial, pero con Mirthell era distinto, porque somos tan distintas y hay facetas suyas que desprecio tan profundamente que no creí que podríamos llegar a llevarnos bien. Ahora incluso quedamos para comer, para ir a mirar la nota de un examen o para ir al videoclub a escoger peli y sabor del helado. * Tener una relación estable y duradera con un chico, algún día escriré cómo era y cómo actuaba antes de conocer a Diego, pero como adelanto digo hasta que le conocí sólo había tenido media docena de citas "a solas" con el chico en cuestión y que lo máximo que había estado con uno fueron dos meses y viéndonos sólo los sábados por la noche. Me preocupaba muchísimo pensar que yo nunca podría tener novio porque me cansaba enseguida de la gente. * Votar al PP * Ponerme algo que no me favorezca solo porque esté de moda * Conseguir que las cosas (las que no deben se entiende) me den igual. Que me resbalen... "Gonzalo no estaba acostumbrado a que las chicas se acercasen a pedirle un beso. Trabajaba como camarero en un bar de copas, pero era ajeno al juego de seducción que imperaba en la noche. Pasaba de las miradas descaradas y de los guiños de ojos en la oscuridad; ignoraba las minifaldas que se contorneaban ante él y los escotes juguetones que le retaban desde la pista. Gonzalo creía que el atractivo de los camareros estaba sobrevalorado, y no prestaba atención a las sonrisas provocadoras ni a las miradas lascivas. Conocía a personas muy poco agraciadas que ligaban por un tubo sólo por trabajar tras una barra en horario nocturno. Era como si la barra les confiriese un atractivo irresistible, como si trabajar sirviendo copas fuese lo más glamuroso del mundo. Paula solía acercarse a los chicos que le gustaban para pedirles un beso. Le parecía más original que invitarlos a una copa o pedirles el teléfono, además a Paula no le gustaba perder el tiempo ni andarse con rodeos. Gonzalo era el camarero de la discoteca a la que Paula iba con sus amigas cuando tenía quince años. No sabía nada de él, ni su nombre; sólo sabía que tenía cara “de animalillo” y que nunca se fijaría en ella porque era muy mayor. De hecho Paula no intentó nunca acercarse a él porque lo veía completamente fuera de su alcance, ella tenía quince años y él tendría por lo menos… veintitantos. A los quince, veintitantos, son demasiados años para acercarse a un chico, y más si es camarero de una discoteca. Una noche, volvieron a encontrarse, Paula ya no tenía quince años, y a los veintitantos se veía capaz de cualquier cosa, de acercarse a cualquier chico a pedirle lo que fuera. Se le acercó una noche cuando salía de trabajar y le pidió un beso. Sin más, sin un “hola” ni un “como te llamas”. Le pidió un beso y se quedó esperando mientras le miraba fijamente. Gonzalo no estaba acostumbrado a que las chicas se acercasen a pedirle un beso, y menos a que se le quedasen mirando después con aquella seguridad. Se acercó torpemente y la besó. Hacía tiempo que no besaba a nadie. Le dio un beso largo y profundo que era la suma de todos los besos que no había dado durante meses. Luego le preguntó cómo se llamaba y le dijo su nombre. Gonzalo. No sonaba mal. Paula estaba tan sorprendida como él; no esperaba que la besase de aquella forma. Se esperaba un tímido beso en la mejilla y un “como te llamas”. Paula no se podía creer que el camarero que le gustaba con quince años acabase de besarla. Gonzalo no sabía porque la había cogido de la mano y habían empezado a caminar hacia la playa. Le propuso tomar una copa y ella dijo que prefería caminar. Él lo que quería era ganar tiempo para asimilar el beso y ella lo que quería era ir a un lugar más tranquilo para seguir besándole. Se sentaron en un banco frente a la playa y les amaneció besándose. Paula se reía sin parar, se reía con el alma entera y le decía lo raro que se le hacía estar besándole. Al fin y al cabo era el camarero “muy mayor” que le gustaba con quince años. Se besaban mirándose a los ojos, se besaban con los ojos cerrados y se besaban con la boca abierta. Para cualquiera, mirarlos, hubiese resultado casi obsceno. Un par de horas más tarde se levantaron y decidieron irse a casa. Caminaban de la mano y paraban cada poco a besarse. A Gonzalo le daba igual no conocerla de nada y Paula tenía la sensación de conocerle hacía años. En realidad le conocía desde los quince, aunque nunca hubiese hablado con él. Gonzalo era más agradable de lo que Paula había imaginado. Su carácter no tenía nada que ver con aquel cuerpo musculoso que servía copas cada noche y se ponía colorado cada vez que Paula le repetía lo guapo que era y lo irreal que le parecía aquella situación. Gonzalo hacía demasiado tiempo que no caminaba al lado de una chica y que no cogía de la mano a una, pero de todas formas Paula le parecía demasiado descarada y liberal para ser una mujer. Las que él conocía no se acercaban a los desconocidos para pedirles nada y no se besaban durantes horas en un banco público con nadie que no conociesen de toda la vida. Las mujeres que había conocido Gonzalo eran princesas sumisas que esperaban en la torre a que llegase su príncipe a caballo. A Paula se le habían desteñido ya tantos príncipes que había decidido ser ella quién se acercase a buscarlos a la charca. Las mujeres que había besado Gonzalo se hacían de rogar durante semanas antes de tener sexo y Paula rogaba a los hombres que le quitasen las bragas justo antes del primer asalto. (continuará....) Encendieron la tele. Echaban dibujos animados y él sonrió nostálgico al ver a Dino en la pantalla. Volvieron a besarse. Gonzalo la acariciaba suavemente y la trataba como si fuese de cristal. Le acariciaba las piernas, la espalda y el pelo. Le acariciaba los brazos y la cara sin dejar de besarla. No le remangó la falda en ningún momento ni le desabrochó la camisa. No le tocó nada que no pudiese verse. Paula le subió la camiseta y empezó a acariciarle. El se sentía protegido por la tela y a ella le sobraban todas las telas que llevaban encima. Le quitó la camiseta y le arrastró a la habitación. La cama estaba desecha y Gonzalo se disculpó por no haber tenido tiempo de hacerla. Paula sólo pensaba en deshacerla más. Cuando ya les dolían los labios de tanto besarse, Gonzalo le pasó el brazo por detrás de la cabeza y se quedaron hablando un buen rato. Gonzalo le contaba cosas que ella ni siquiera escuchaba. Paula sólo oía su risa, sus propios pensamientos… y su risa. De vez en cuando él la miraba fijamente y sonreía. Después de muchos besos, Gonzalo por fin se atrevió a preguntar qué iba a pasar ahora. Gonzalo era un poco como las princesas que conocía, y tampoco se sentía seguro besando sin el respaldo de una siguiente cita. Paula jamás había pensado en una segunda cita. Entre otras muchas cosas porque Paula tenía un novio al que quería con locura. Gonzalo se cambió de ropa y la acompañó a casa. Antes de salir apuntó su teléfono en un papel y se lo dio “llámame”-le dijo “no tardes”. Paula guardó el papel en el bolso, y cuando se despidieron unas cuantas calles antes de llegar a su casa, se dio cuenta que se había dejado los pendientes encima de la mesita. Sonrió todo el tiempo de camino a casa. Había sido sólo un rollo, una de tantas historias efímeras que mueren cuando sale el sol, pero se sentía estupendamente. Le había seducido el detalle de quedarse abrazados en la cama después de los besos. Gonzalo no sabía nada de ella, ni su nombre. Paula no se lo había dicho cuando él le preguntó. No sabía dónde vivía, ni cuantos años tenía, ni nada. Sólo al llegar a casa, supo que ella se había dejado los pendientes encima de su mesita. La almohada olía a ella. Por un lado, Paula no quería volver a saber nada más de él. Las historias de una noche, si se alargan demasiado terminar por ser un problema. Paula no quería problemas. Le llamó esa semana y quedaron en verse. Paula fue a su casa después de trabajar y volvieron a estar durante horas echados en aquella cama. Gonzalo no había conocido nunca a una mujer que dijese abiertamente que le apetecía acostarse con él, y mucho menos en la segunda cita. Paula no había vuelto a su casa nunca con la libido tan disparada después de estar con un hombre durante horas. Él no había querido hacerlo y ella no supo insistir. Por alguna extraña razón no quería causarle demasiada mala impresión. A Paula le gustaba estar con él, le gustaba que le acariciase el pelo y le pareciese suave. Le gustaba la forma en que le soplaba los labios antes de besarla y cómo le acariciaba los hombros. Gonzalo tenía unos hombros espectaculares, y unos brazos perfectamente torneados. A Paula le gustaba cuando la abrazaba porque se sentía protegida, sentía que nada malo podía sucederle mientras Gonzalo la abrazase. Podía terminarse el mundo ahí fuera, pero en aquella cama, absolutamente nada malo podría pasar. Paula llegaba cada día a casa con los labios hinchados y la barbilla destrozada. Cada día, antes de irse Gonzalo le decía “avísame cuando vayas a venir para afeitarme, porque no puedo dejarte todos los días así”. Y con el sabor salado de la sangre en los labios, Paula se quitaba el maquillaje que no había quedado en las sábanas de Gonzalo y se dormía pensando que no iba a llamarle más. Cuando Paula se iba, Gonzalo se quedaba escuchando la radio, pero no la oía. Pensaba en Paula y en si ya habría llegado a casa. Pensaba por qué le gustaba tanto si sabía tan poco de ella, si era tan diferente a todas las mujeres que había conocido. Se dormía pensando que seguramente habría llegado bien, y que le gustaba tanto precisamente por eso, por ser tan diferente. (continuará...) A Gonzalo no le gustaba que Paula tuviese novio, le gustaría ser él quién la esperase a la salida del trabajo y con quién se fuese de vacaciones. Le gustaría ser él el hombre que la hiciese feliz cada día y el que la escuchase cuando tuviese un problema. Gonzalo no estaba acostumbrado a las mujeres como Paula y confundió “amante” con “amado”. Por una razón u otra, Paula siempre terminaba llamando a Gonzalo y quedando con él. Siempre en su casa, siempre a oscuras. Evitando siempre hablar de si misma e intentado siempre que aquello fuese solo sexo. Paula se moría de ganas por acostarse con él y Gonzalo se moría de ganas por dormir con ella. Algún orgasmo con la mano después de provocarle mucho. Paula no estaba acostumbrada a los hombres que no querían tener sexo. Empieza a pensar que aquello se le está yendo de las manos y que no es solo sexo. De hecho todavía no había habido sexo. No ha habido penetración, ni sexo oral. Paula va a casa de Gonzalo al salir del trabajo y después de los míticos besos a oscuras en el sofá, le pregunta qué espera de ella. Se lo pregunta porque su libido vuelve a dispararse y no está dispuesta a irse otro día más con la testosterona acuchillándole las entrañas. La testosterona o lo que quiera que sea que se las acuchille. Gonzalo no se esperaba esa pregunta y no tiene demasiado clara la respuesta, pero busca lo que cree que busca cualquier hombre de su edad: pareja. Busca el calor de una relación estable, el cariño de una mujer buena que le quiera, el sexo sosegado de la confianza y la tranquilidad que ofrece la seguridad. Ni se imagina que en los tiempos que corren, tanto hombres como mujeres buscan cosas muy distintas. Paula, por ejemplo. Lo único que Paula buscaba era sexo, lo único que esperaba de él era que le hiciese pasar un buen rato entre las sábanas, divertirse un poco. Antes de tener novio Paula tampoco había buscado nunca esa seguridad ni ese sexo tranquilo que tanto ansiaba Gonzalo. Paula no buscaba porque sabía que buscar pareja desesperadamente nublaba los sentidos y la razón. Buscar pareja desesperadamente llevaba a idealismos fatales y a entregar el corazón a cualquiera sin pararse a pensar si sería un buen receptor. Estar ansiosa por encontrar, no significa que vaya a salir bien; la mayoría de las veces, el exceso de cuidado porque todo salga perfecto, arruina las relaciones. A estar alturas, ni Gonzalo ni Paula sabían a ciencia cierta qué querían, pero estaba claro que no buscaban lo mismo. - “Decide tú que eres la que tiene pareja” - “No hay nada que decidir Gonzalo, sólo quiero saber qué esperas de mí para saber si estoy dispuesta dártelo”. - “No te voy a follar, así que si quieres irte, lo comprenderé” Paula no se esperaba esa respuesta y no tenía demasiada clara la siguiente pregunta, pero no hicieron falta más preguntas, porque el siempre contenido Gonzalo, se transformó en ametralladora y en un momento escupió todo lo que llevaba dentro. (continuará...) Afirmaciones categóricas, dudas existenciales, preguntas retóricas, ideas tan arcaicas que Paula no se podía creer que saliesen de la boca de un hombre de este siglo y pensamientos obsoletos se encontraron de pronto flotando por la habitación y aturdiendo tanto a uno como a otro. Algo sobre el vacío que dejaba el placer físico, sobre mujeres sumisas carentes de deseo sexual; “¿entiendes?” y “no entiendo”; algo sobre compromiso, sobre la ética y el respeto…. Gonzalo llevaba demasiado tiempo sin estar con una mujer y se había acostumbrado a la tranquilidad que da la falta de relaciones. A la insulsa tranquilidad que da el no tener que discutir si salir a cenar o al cine; la tranquilidad que da no tener que recordar aniversarios ni cumpleaños. Se había acostumbrado también a vivir sin sexo, y un aquí te pillo aquí te mato le parecía lo más triste del mundo. Gonzalo le dice que él no es ningún objeto sexual y le duele que ella sólo quiera sexo. A Paula en cierto modo le duele que Gonzalo no sea capaz de ver que aquello es bastante más que sexo. A Paula le gusta pasarse las horas abrazada a Gonzalo, le gusta mirarle a los ojos y decirle cuánto le gusta. Le gusta escucharle hablar de cualquier cosa, y sobretodo le gusta oír su propia risa retumbar entre las paredes de aquella vieja casa que siempre permanece a oscuras. A Gonzalo le asusta pensar que sigue sin saber nada de ella, que por saber, no sabe si quiera cómo se llama. Le asusta la idea de no volver a verla, de despedirla un día como otro cualquiera sin saber que será el último. A Paula le asusta seguir viéndolo, y se despide cada día como si fuese el último. El teléfono de Gonzalo es tan antiguo que no tiene identificador de llamada, por eso, a veces, al llegar a casa Paula le llama sólo para decirle que ha llegado bien. Paula y Gonzalo se pasan horas abrazados en la cama y se pasan horas hablando por teléfono. Cuando hablan, esa anacronía que les separa, se diluye. Y él deja de tener taitantos para jugar con ella al espejo y repetir cada cosa que dice o para hacerle burla e imitar su voz. Y Paula, finge tener taitantos por un momento, para ponerse en su lugar y tratar de entender la necesidad de Gonzalo de tener una relación estable. Pero ni así lo consigue, porque Paula, al contrario que Gonzalo, nunca antepondrá la necesidad de estabilidad a la felicidad. Y sigue despidiéndose cada día como si fuese el último, pero nunca lo es. Un mes, dos, casi tres… Paula llega un día a casa de Gonzalo y enciende la luz. Los besos, con luz, no son iguales. Después del primero, no hay más. No espera a despedirse para hacer como si fuese la última vez y se pasa dos horas sentada a su lado en el sofá oyéndole hablar, dejándose abrazar y acariciar el pelo, como si fuese una niña pequeña. Gonzalo no le da más y ella ya no va a pedírselo. Tampoco va a decirle que se acabó, que nunca más volverá buscarle, que no va a llamarle más. Gonzalo puede ser muy anacrónico pero no tonto, y sabe que es la última vez que va a tener a Paula sentada a su lado en el sofá. Intuye que en cuanto salga por la puerta, no volverá a verla. Si acaso, de lejos por la calle o bailando en un pub. Paula no quiere darle más y él no va a pedírselo. Le pone difícil la despedida y no le quita los ojos de encima mientras ella rehuye su mirada. No puede mirarle a los ojos, porque sabe que si le mira, volverá a llamarle. - “No voy a pedirte que me vuelvas a llamar, pero me encantaría que lo hicieses” - “¿Vas a besarme?” Sonrisa de desencanto por un lado y mirada inquisidora por otro. Gonzalo sonríe triste porque sabe que Paula nunca cambiará, nunca le dará lo que él quiere. Mientras, Paula, le mira fijamente como le miró aquel primer día a la salida del bar; pero esta vez su mirada no desencadena un beso, ni siquiera uno lento y torpe, así que se va. (continuará...) Cuando Paula llega a casa, ya no se acuerda de Gonzalo. Por no recordar, no recuerda siquiera, que no debe volver a llamarle porque no va a darle lo que ella quiere. Se olvidó de sus besos, de aquellos brazos enormes y musculados que la protegían y la hacían sentir segura. Se olvidó de su piso siempre a oscuras y de sus caricias. Se olvidó de todo durante un par de semanas y luego, un día cualquiera al salir del trabajo, fue a buscarle. Gonzalo no hizo preguntas, sólo respondió a sus besos. Se dejo quitar la camiseta, y se quitó los zapatos. Le quitó a Paula la camisa con más destreza de la que ella esperaba, y cuando cayeron en la cama, los dos estaban desnudos. Como una alegoría, Paula se puso encima a horcajadas sobre él. A fin de cuentas Paula, siempre había estado encima, siempre había llevado las riendas de aquella relación y sido ella la que lo controlase todo, ¿por qué el sexo iba ser diferente? Paula estaba acostumbrada a polvos como aquel, pero Gonzalo no, así que se saltó el protocolo del sexo sin compromiso y cuando terminaron estuvo acariciándola y besándola durante horas. Mirándola embobado mientras ella se reía, mientras se recuperaba de aquella sesión maratoniana de sexo. Se despidieron con un “llámame mañana” que Paula tardó una semana en cumplir. No fue algo premeditado, sólo que con Gonzalo no quería obligaciones. Volvieron a quedar y volvieron a hacerlo. Esta vez, los dos se saltaron el protocolo y cuando quisieron darse cuenta eran las tres de la mañana. Habían estado cinco horas abrazados, desnudos, hablando en una habitación a oscuras; sus pupilas se habían acostumbrado a la oscuridad lo justo para poder mirarse a los ojos mientras se abrazaban. - “Quédate a dormir por favor” - “No puedo Gonzalo, de verdad que no” Paula salió de su casa a las tres y media de la mañana y cuando llegó a la suya lo único que le apetecía era llamarlo para oír su voz. Se durmió antes de coger el teléfono, y esa noche soñó que se casaban. Gonzalo esperó su llamada tres días, pero no la recibió hasta pasados nueve. Nueve días decisivos en los que a Paula se le había hecho la luz y había decidido que no podía volver a verlo más. Cuando estaban juntos todo era maravilloso, pero cuando no, Paula no lo echaba de menos ni pensaba en él. Cuando la necesidad acuciante de llamarle pasaba, podían transcurrir semanas sin que pensase en él. Una vez superadas las veinticuatro horas del mono de sus caricias, no se acordaba de él hasta que algo o alguien se lo recordaba. Entonces, llamarle se convertía en una obligación y quedar con él en una cita obligatoria como ir al ginecólogo o a trabajar cada día. A Paula se le había terminado la chispa. Gonzalo cada vez tenía más ganas de estar con ella y empezaba a volverle loco no saber nunca cuando volvería a verla. Seguía sin saber su teléfono ni dónde vivía; la relación era surrealista hasta el punto de que Gonzalo, seguía sin saber su nombre. Gonzalo había decidido que la próxima vez que se viesen, le pediría más. Esa vez, sería él quien hiciese las preguntas. A las tres semanas, Paula le llamó y quedaron; nada más llegar pasó al salón y encendió la luz. Se le fue todo el valor de golpe cuando Gonzalo se sentó a su lado y empezó a acariciarla. Algo debía tener aquella casa, porque Paula, se convirtió en ametralladora y escupió una tras otra todas las cosas que llevaba dentro. Gonzalo escuchaba, y cuando Paula terminó él le dijo que llevaban demasiado tiempo así y que debía tomar una decisión. (Continuará...) Paula dio un respingo airada. Parecía que Gonzalo no había entendido nada; no había entendido que le estaba diciendo “se acabó”, no había entendido que ella nunca había tenido intención de dejar a su novio, no había entendido que se había ido la magia dando lugar a la rutina, no había entendido nada o no había querido entenderlo. Y así, sin pensar mucho lo que hacía cogió el bolso y se fue. Gonzalo la retuvo a la puerta justo a tiempo para darle un beso; Paula se giró a destiempo y el beso fue a parar a los labios. No se separaron, por primera vez desde que se conocían, se miraron fijamente buscando ambos una respuesta. Paula dejó caer el bolso y le rodeó el cuello con las manos. Gonzalo le desabrochó los pantalones y se quitó los calzoncillos. Hicieron el amor como nunca antes lo habían hecho, y luego, siguieron el protocolo del sexo sin compromiso y Paula se fue. No sé si Gonzalo sabía que aquel beso en las escaleras, sería el último beso; y dudo que Paula supiese que las caricias que le hacía Gonzalo mientras ella se abrochaba el sujetador, serían las últimas. Las últimas risas compartidas en una cama, la última sensación de seguridad entre unos brazos fuertes; las últimas pupilas dilatadas tratando de discernir al otro entre la oscuridad. Adiós a la cama revuelta y a los besos tiernos, adiós a los juegos de manos y a las luchas de poder. Paula llegó a su casa y lo único que le apetecía era llamarle para oír su voz, para oír su risa y escuchar su respiración. Antes de coger el teléfono se quedó dormida. Superado el mono de las primeras veinticuatro horas a Paula se le fueron pasando poco a poco las ganas de llamarle. Pasó una semana, dos, un mes, tres. Volvieron a encontrarse por casualidad un día en una discoteca. Él estaba trabajando, y ella de fiesta. Habían pasado cuatro meses, y Paula se acercó a la barra. Gonzalo seguía ajeno al juego de la seducción que imperaba en la noche, pero al verla sonrió. Sonrió mucho, como si se alegrase enormemente de volver a verla. Como si no le guardase rencor por haber dejado de llamarle sin dar ninguna explicación. Parecía realmente que no había pasado el tiempo y que había sido ayer cuando se habían despedido con un beso en las escaleras. Fue como si nunca hubiesen pasado tres meses sin saber el uno del otro, y mientras Gonzalo le servía una copa, le pidió que le llamara. Cuando Paula volvió con su grupo de amigas, lo único que escuchaba, retumbando en toda la discoteca, era su risa. Únicamente el sonido de su risa inundándole las entrañas y haciéndola flotar. |
